

Poltergeist (2015) se erige como un filme imprescindible dentro del catálogo contemporáneo del terror sobrenatural. Dirigida con oficio por Gil Kenan, esta revisión del clásico de los 80 combina efectos prácticos y digitales con un ritmo narrativo que mantiene en vilo desde los primeros planos. La cinta explora el miedo al hogar como lugar inseguro, jugando con el entorno doméstico —desde el televisor hasta el móvil o el ordenador— para generar una inquietud creciente. Con una puesta en escena que rinde tributo al cine de Stephen Spielberg sin caer en la mera imitación, la película logra equilibrar tensión, emoción familiar y sustos bien medidos, consolidándose como una referencia del género que entiende que el terror no solo reside en los fantasmas, sino en la impotencia ante lo desconocido.
El espectador que disfrute con historias de miedo bien construidas, que no renuncian al peso emocional ni al escalofrío efectista, encontrará en este filme una experiencia sólida y efectiva. Ideal para quienes buscan una sesión de terror en compañía, especialmente en ambientes cerrados donde cada crujido del suelo o parpadeo de luz suma intensidad. Con una sólida interpretación de Sam Rockwell y Rosemarie DeWitt al frente, y un trabajo notable del reparto juvenil, la cinta conecta con familias modernas que se reconocen en sus dinámicas, pero también con los amantes del género que valoran un buen susto bien contado. Vale como entretenimiento puro, pero también como reflexión contemporánea sobre lo que acecha tras la pantalla del televisor.